El Repartidor de Abrazos

Hace unos días visité la Ciudad de México. Comí tanto como no lo había hecho en mucho tiempo: flautas, tlacoyos callejeros (de maíz verde y requesón), sopes, tostadas, tacos al pastor, pozole casero y otras delicias más que simplemente no se encuentran en los rumbos fronterizos en que vivo.

Además de visitar a mi familia, platiqué con amigos que conocí en segundo de kinder (es decir, hace 27 años, pero, ¿quién lleva la cuenta?) y -gracias a la maravilla de las redes sociales- me re-encontré con un amigo que no veía desde que terminé la secundaria.

Como es costumbre en cualquier metrópoli, viajé en metro en más de una ocasión, pero hay un momento en particular que, espero, jamás olvidar.

Eran cerca de las dos de la tarde, justo cuando empiezan a llenarse los vagones y el volumen del ruido de la ciudad empieza a regresar a sus niveles “normales”, luego de la tranquilidad que se da entre las 10 y la 1.

No faltaba el vendedor de música o del “estuche de moda para el celular” en una estación ni el merolico en otra. Todo sucedía en total normalidad.

Hasta que, de la nada, un joven (calculo de unos 25 años) le gritó “¡Mamá!” a mi tía, para luego acercarse a ella y darle un abrazo.

Mi tía, evidentemente, no esperaba eso, me miró con una expresión de espanto que de inmediato desapareció cuando el joven la soltó y entonces dijo “¡Tía!” y abrazó a mi esposa. Luego, a mi me llamó papá e hizo lo mismo.

En ese momento fue cuando reaccionamos: El joven era un Repartidor de Abrazos. Miré a mi alrededor y la mayoría de la gente en ese vagón tenía una sonrisa enorme (excepto un señor que se negó a ser abrazado, él tenía una expresión de enojo, como si le hubiera molestado). El joven, más que enfadarse porque su abrazo fue rechazado, se acercó a un bebé y lo empezó a acariciar con una ternura pocas veces vista. A nadie le pedía dinero. A nadie le pedía nada, simplemente repartía abrazos a quien se los quisiera recibir.

Entonces me di cuenta. El Repartidor tenía algún tipo de discapacidad mental. Era evidente en sus facciones, en la manera en que hablaba y en la forma en que caminaba. Pero, su “discapacidad” quizá era la máscara que la Vida le había dado para que más gente pudiera abrir sus brazos (y su corazón) y aceptar su mensaje.

Ahora que lo pienso, ¿cuántos recibirián (recibiríamos) sin ningún motivo un abrazo inesperado de un desconocido?

Ese par de minutos fue un momento inspirador, como si él fuera un ángel cuya misión es simplemente repartir amor, amor puro, olvidándose de todo prejuicio e ignorando si sus afecto sería aceptado o no. La expresión en su rostro era de una alegría inmensa, casi inexplicable.

Ese joven no sólo reparte abrazos, es un maestro de vida, iluminando a todos a su paso y, por lo menos a mi, enseñando una manera diferente de ver al mundo.

¿De qué vive? ¿En dónde? No tengo la más remota idea. Además de eso, lo que me hubiera gustado saber, es su nombre. Pero, mientras no lo sepa él vivirá en mi mente como el Repartidor de Abrazos. Y puedo afirmar que el conocerlo cambió mi vida.

Publicado el 03/19/2013 en Lecciones de Vida y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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